Vórtex
Tenía 13 años cuando el vortex apareció, absorbiendo a otra realidad probablemente, o desmantelando paso a paso la existente. Mi mamá y yo nos acabamos de mudar a una nueva casa semi-habitable, en un condominio de lujo. En mi cuarto el panorama consistía de montañas de cajas, como edificios alzándose por encima de mí.
El colchón era del sofá cama de la anterior casa. Espuma amarilla como nubes en descomposición. La espesa luz me despertaba en las mañanas porque las cortinas seguían en camino. Decoré la habitación con las luces de Navidad. Los pequeños focos amarillentos balanceándose encima de la ciudad de cartón. El camino a la escuela era otro y los vecinos también. Pero mi ropa era la misma, y la música que escuchaba también.
Hacía unas semanas, papá había hablado y llorado. Mamá había llorado. Mi hermano había llorado. Todos nos habíamos dado la mano. Mientras cenábamos pizza en domingo, mi papá explicó diplomáticamente que como pareja, se separarían sin embargo se amaban. Nos levantamos de la mesa del patio y una ronda de abrazos comenzó. Una ronda llena de mocos, apretones, resoplidos, te amo, no es tu culpa. ¿Por qué lo sería? No es mi matrimonio.
Mi hermano mayor lloraba. Su pálida tez vuelta rosa, los ojos enrojecidos y húmedos. Por más que se pasara las mangas del suéter por la cara su cuerpo creaba más y más lágrimas. Qué envidia. Era como si todos tuvieran una conexión con el presente que yo no tenía. Conectados a la realidad por un pacto secreto. La sentían en sus entrañas. Intenté verme triste. No es como que estuviera feliz. Nada se movía dentro de mí y eso era inusual.
Cuando llegó mi nuevo colchón, las cortinas, y el internet, vi películas con filtros azulados y protagonistas deprimidas. Vi mi rostro en sus rostros. Tal vez no estaban tristes. Tal vez no sentían nada como yo. Tal vez estaban esperando algo drástico que les arrancara cualquier tipo de reacción. Necesitaba que mi cuerpo reaccionara más de lo que necesitaba dormir en las noches y lavarme los dientes.
Tal vez era diferente a mi mamá en ese aspecto. Se había pasado los últimos meses acostada como la pintura de una Ofelia todavía con vida, hablando bajito y pidiendo abrazos. Ofelia nunca se levantaba de la cama. No la veía comer o hacer mucho más que permanecer en su lago de edredones y sábanas, cubierto de flores pensamiento y con lavanda amarrada al cuello. Mi papá no estaba en el país, ni en el continente. Esa era la única solución que sabía que la despertaría.
Cuando se separaron y nos mudamos de casa empecé a cruzar la calle con el semáforo en rojo. No cuando no hay coches pasando como una persona decente. Cuando todas las luces rojas de los faros te embisten como toros enfurecidos, y todos frenan de golpe en vez de darte algo más. Ahora cuando caminaba con mis amigos podía decirles Puedo detener el tráfico. Y cruzar al otro lado. A nadie le parecía gracioso.
Cuando no salía o iba a la secundaria, pasaba horas en la cama, como si fuera una playa y me hundiera en la arena. Había decidido hace poco, iluminada por el alcohol barato de la tienda de la esquina, que mi vida tenía que ser una historia interesante. Y que la regla general para eso era decir que sí a todo. Tomar siempre la decisión que me dejara con la mejor anécdota para contarles a mis amigas en el baño de la escuela.
No solo no había llorado cuando cenamos pizza y mi papá comenzó su discurso. Tampoco había llorado cuando aquella mañana Ofelia se había deslizado con discreción por la puerta de mi habitación y se había sentado a los pies de mi cama. Tu papá nos va a dejar. Era lo único que había dicho antes de hundirse en mis brazos y manifestar un llanto que todavía no conocía. Había pasado el día entero esperando el aviso oficial, viendo películas, mi vida emocional marchitándose, completamente seca como los pétalos que aplastaba en las hojas de mis cuadernos.
A veces sentía que mi casa era solo mía. No la casa en la que crecí sino la nueva. Como si hubiera heredado el trono a los 13 años. Todo era mío. Era mi castillo y dormía subiendo las escaleras en una elegante torre de paredes azul pastel y pósters de anime. Había dejado de comer porque era así como quería verme, como los personajes en 2D de los ojos bonitos. Compré la mini falda rosa y los vestidos negros. Todas mis medias negras se rompieron. El palacio era mío.
Y mis anécdotas eran cada vez mejores. A una niña en la escuela le prohibieron juntarse conmigo. Otro me preguntó como se sentía la marihuana y le dije que se sentía como si te absorbiera un hoyo negro y todas tus particulas se separaran para volverse a unir en otra dimención. Eramos yo y mi mejor amiga. La resistencia en contra del resto de los alumnos. Los que siempre habían destacado por encajar.
Me había deshecho de las partes de mí que compartía con los demás. Descubrí que esto me hacía sentir sola. Empecé a coleccionar gente inusual que me mostraba otras realidades. Me invitaban a sus castillos y en sus habitaciones rompía el hechizo que no me permitía sentir nada. Me daban polvos mágicos, medicinas que trataban mis problemas. Sentía de nuevo. Pero solo a veces. Por unas horas. Mi papá había desaparecido en el vortex. Cada mañana llegaba tarde a clases porque imaginaba que eso hacen las princesas. Una gran entrada.
Supe que a partir de entonces nadie nunca me podría decir qué hacer. Simplemente ya no tendría efecto. Ya no reconocía el concepto. La palabra “no” tampoco la entendía muy bien. Me salía en clases y peleaba con los maestros. Les lanzaba bolitas de papel cuando escribían en el pizarrón.
¿Y si alguien se metía a mi castillo mientras escribía en mi diario? Los apuñalaría con la pluma. ¿Y si alguién me estaba espiando desde el jardín? Mantendría las cortinas cerradas de noche. ¿Y si tenía hambre y no había pequeñas hadas confeccionando pan dulce y galletas y horneando pasteles en la cocina? ¿Y si regresaba de la escuela y todos mis vestidos de flores habían sido atacados por tijeras, transformados en confeti?
A veces la gente me decía que soy una persona muy fuerte, pero no era nada parecido. Tal vez no tenía empatía. O mi sistema nervioso estaba averiado. Fumaba cigarros y tomaba café sin leche y azúcar. Antes de ir a clases me preparaba mi café como los exploradores del ártico lo hacen antes de salir de aventura. El cielo era más azul y luego más rosa cuando tenía 15 años. Debe de ser la contaminación.
Cuando desperté en el hospital con mi mejor amiga observando desde arriba, supe que tenía una historia demasiado buena. Mi mamá lloró, mi hermano gritó. Pero mi amiga me contó lo que había pasado después de que perdí la conciencia y nos reímos a carcajadas.
Mi familia fue tragada por un vortex de nuevo. No supe mucho de ellos, excepto que probablemente no era princesa. Tal vez era un vampiro ahora que salía por la noche a tomar líquidos rojos y desarmar lo que ya estaba armado. Tal vez no era una lolita, sino una femme fatale. De cualquier manera mis pretendientes seguían teniendo miles de años mientras fingían ser jóvenes.
Una vez uno de ellos escuchó mi edad y la de mis amigas y simplemente se levantó y se fue. Pensé que era aburrido. Su amigo tomó mi virginidad en la casita de un parque de juegos. Me dio asco y vomité. Ya me habían prohibido salir y entramos por la ventana de la cocina. Cabíamos por la ventana más alta y más estrecha. Me caí y me lastimé la muñeca. Pero dormí toda la noche abrazando a mi mejor amiga. Sus papás también habían desaparecido en el mismo vortex. Era el rostro que había visto en el hospital. Fue mi primer amor. Mi mejor amiga. Mi vida.
Nunca estuvimos tristes. Salíamos a buscar aventuras todo el tiempo. Fiestas llenas de todo tipo de brebajes y criaturas. Polvos y pócimas. Hablaba con alguien con malas intenciones porque sus intenciones eran malas. Si el de la esquina se negaba a venderme alcohol, gritaba Me llevas vendiendo un año. Y me cobraba con hartazgo. Aprendí que cada viernes y cada sábado había una fiesta en alguna parte. Y que con mi carruaje de princesa podía estar en todas en una misma noche y todavía volver a cama con mi más fiel acompañante. Sostener nuestro cabello y acariciar nuestras espaldas al vomitar. Y luego hundirnos en la cama en la que le pedía que si dejaba de abrazarla, me abrazara ella.—
-¿Cómo crees que sea el vórtex Kaia?- preguntó Oriana levantando su mirada del libro que leía. Yo leía también. La misma saga, dos libros más adelante.
-Creo que es un hospital abandonado.
-Un manicomio abandonado.
-No tiene luz.
-Ni agua.
-Ni desodorante.
-Definitivamente no hay artículos de higiene.
-¿Crees que sea cómodo?- Oriana nunca hacía preguntas así.
-Creo que tiene una sala común llena de alfombras de mil hilos tejidos, chimeneas que dan calor. Y muchos libros. Para la gente que se porta bien.
No quiero que mi mamá vuelva por mí del vórtex Kaia. Siempre que vuelven…
-Ya no son los mismos.
-Exacto. Kaia ¿puedo quedarme aquí solo un poco más?
-Mi palacio es tu palacio.
-¿Por qué solo nosotras sabemos del vórtex?
-Buena pregunta…
La luz se había ido y habíamos comenzado a usar velas, cuya cera multicolor se derretía en charcos en el suelo de madera de mi habitación. O se funcionaban juntas creando un híbrido que aún así encontraba una manera de encender. Cerramos los libros. Habíamos puesto todas las almohadas a nuestro alrededor, todos los peluches como soldados cuidándonos con sus ojitos brillantes.
Todavía íbamos a la escuela y reíamos a todo volumen. Nos la pasábamos de un lugar a otro, nunca era suficiente aventura o estímulo. Creo que la absorción súbita de su familia dejó a Oriana con cierta insensibilidad también. Ese día soltó una lágrima. Sentimos que fue un progreso inmenso y celebramos su lágrima con las últimas galletas de la cocina y té en mi vajilla infantil.
Había sido un regalo después de la partida de mi padre, y se había quedado conmigo mientras una fuerza que no comprendía iba aspirando a mis familiares uno por uno. Éramos la isla de los juguetes inadaptados. Muy buenas para el vórtex, muy malas para la vida.
-¿Crees que van a volver?- preguntó inquisitiva.
Sabía que podían volver. Los había visto volver un par de veces. No eran ni remotamente similares a cuando vivíamos todos juntos en una casa. Cuando hablabas era evidente que no escuchaban. Gruñían y gritaban y hacían ruidos por las noches. Como bestias encerradas en mazmorras. Comían como animales, caminaban a cuatro patas. Y faltaban a todos los compromisos escolares.
-Pueden volver pero nunca volverán a ser iguales.
-¿Y si vamos al vórtex y los buscamos?
-No volveremos a ser iguales tampoco…
- Bueno y ¿qué hacemos?
-Un funeral.- Oriana se rió- en serio.
-Nadie está muerto.
-Ninguno de nosotros ha sido el mismo.
A la mañana siguiente, Oriana y yo nos pusimos vestidos de encaje negro y tomamos prestados los tacones de la antigua habitación de Ofelia. Que permanecía exactamente igual, como una máquina del tiempo. Su olor, su vasito de agua, el libro que leía, sus lentes… Imaginaba que no había mucho que ver en el vortex entonces.
Subimos a la torre más alta del castillo. La azotea. El cielo era azul plomo y el viento abundante. La sinfonía de las hojas moviéndose y los truenos a la distancia mostraba una tormenta inminente. No teníamos ataúd, ni cuerpos, ni invitados, ni sermones, ni nada de lo que necesitábamos para un funeral. Así que optamos por un funeral vikingo: enterrar aquello que tal vez necesitarían durante su oscura estancia en el vórtex.
En un par de macetas cada quien enterró las cremas faciales favoritas de su mamá, el libro que había dejado en su buró, maquillaje y desmaquillante, uno de sus elegantes camisones para dormir y una pequeña carta. La lluvia comenzó a empaparnos.
La nube negra que había visto a lo lejos se acercaba.
-Ori, creo que el vórtex se está acercando.
-Creo que nos está llamando.
De pronto estábamos envueltas por aire morado, eléctrico, truenos, llantos, quejidos de agonía. Miré al cielo: una escalera densa como algodón de azúcar marcando un camino hacia arriba.
-¿Ahora qué?- pregunté con calma.
-¿Y si vamos a ver?-.
Lo medité un momento.
Una existencia de espuma, viento y estrellas y caos. Comencé a vomitar a grandes cantidades un líquido como el alquitrán, lleno de brillantina y stickers de estrellas y corazones. Oriana no tardó en unirse. Mientras, el vórtex se volvía un remolino cada vez más intimidante, presionándonos a subir por la escalera; Oriana y yo, dobladas, vomitamos.
Dolió. ¿Acababa de sentir algo? Miré una vez más arriba y en esta ocasión mi corazón sintió el ardor de mil hogueras y las lágrimas y los mocos dejaron mi cara babosa. Había sido la primera víctima del vórtex en mi familia. Sólo que yo lo llevaba dentro. Cerré los ojos y estaba en otra parte. Mi mamá cantaba con su dulce voz desde las nubes que se alzaban por encima. Oía a mi hermano hacer bromas, mi padre reírse. Estábamos haciendo espagueti. Sin duda olía a espagueti.
Abrí los ojos y Oriana comenzaba a subir las escaleras rosas de espuma. Sólo veía su espalda pero sabía que lloraba. Tomé su mano, se la arrebaté a nuestro enemigo y ambas aterrizamos violentamente en la azotea, abriendo nuestras rodillas, que quedaron llenas de una sangre que parecía mermelada de fresa. Llovía y su oscuro cabello se pegaba al cuello.
-Creo que lo vencimos.- dijo riéndose.
-Al menos lo hicimos enojar.- respondí.
Nos quedamos un rato mojándonos en la lluvia, viendo el lujoso condominio desde arriba. Cuando la tormenta pasó, los niños salieron a saltar en los charcos y correr por todas partes, resbalándose en el suelo empapado.
Comíamos la misma comida, nos lavábanos los dientes al mismo tiempo, y nos bañábamos juntas. Aunque las reservas del palacio se habían acabado, comíamos juntas también. Habíamos aprendido a cocinar, a robar comida para cocinar y a racionar. También íbamos en la misma parte de la saga y leíamos en voz alta.
A veces sentía. A veces gritaba y lloraba en la ducha bajo el agua caliente como un abrazo. Sabía que un pedazo del vórtex seguía en mí y que nunca podría expulsarlo del todo. Tendría que lidiar con el intruso que habitaba mis entrañas el resto de mi vida. Tendría que esforzarme por no ser absorbida por completo, que a veces parecía lo más sencillo.
Esperaba que mi mamá hubiera recibido mi carta de alguna manera. Es más fácil lanzarse al vórtex que permanecer fuera. Pero si algún día Ofelia lograba salir de ahí yo la estaría esperando en nuestro palacio. Mientras tanto sólo podía intentar ser tan cautivadora como la recordaba. Cada gesto lleno de elegancia y una gracia que nunca supe cómo adquirió.
Lo que quedaba del vórtex en mí me haría hacer cosas cada vez más peligrosas para alimentar su sed de sentir. Pero el resto del tiempo asistía a clases y me esforzaba por estudiar. En las noches me escapaba del palacio en busca de otras cosas. El vórtex tenía una sed carnívora que me movía más que nada. Cada vez que era satisfecho me sentía un poco más cerca de mi familia, pero sobre todo un poco más cerca de Ofelia.
Ella también había llevado ese alquitrán dentro antes de partir. Sólo que yo era muy pequeña para notarlo. Probablemente sabía que el vórtex se había llevado a mi padre y se llevaría a mi hermano y era eso a lo que le temía.
¿Por qué Oriana y yo habíamos permanecido? Éramos recipientes resilientes. Hacía todo lo que mis impulsos más oscuros me dictaban y a cambio esperaba que algún día regresara ella.
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